Psicología del Verano tardío
El verano tardío es ese momento del año en el que todavía es verano pero ya empezamos a despedirnos de él.
Hace calor, queda mucha luz, seguimos usando sandalias y las tardes aún permiten estar fuera… Pero ya no es el mismo verano.
El sol se pone antes. Las noches se alargan. Algunas mañanas empiezan a refrescar. La luz cambia.
Y nuestro cuerpo también lo percibe.
Todavía no es otoño, pero ya no es verano.
Estamos entre dos estaciones.
Con nuestra actual manera de organizar y vivir el tiempo, a veces nos cuesta habitar estos tiempos intermedios, pero otras tradiciones como la China, sí les han dado un lugar. Llaman a este momento del verano tardío la Quinta Estación.
Del pleno verano al verano tardío
Venimos de un Verano en el que también podemos distinguir al menos dos etapas diferenciadas:
En el Solsticio de Verano (Litha) llegamos al punto de máxima luz. Los días son largos, la naturaleza está en plena expansión y el verano nos invita al cuerpo, al disfrute, a los encuentros, al descanso, al placer, al agua, a estar fuera. Es el tiempo de la plenitud.
Después, a comienzos de agosto, (Lughnasadh o Lammas) llega el tiempo de las primeras cosechas. Celebramos los frutos y agradecemos la abundancia, seguimos habitando el pleno verano pero el ciclo ya ha comenzado imperceptiblemente a girar: desde el Solsticio de Verano cada día perdemos unos minutos de luz.
El verano avanza y a la vez dentro de él ya está naciendo el movimiento que nos llevará hacia el otoño: llega la quinta estación de la tradición china.
La Medicina Tradicional China organiza la naturaleza a través de un sistema de cinco movimientos o fases relacionadas con los elementos.
El final del verano, este momento de transición entre una estación y otra, es un tiempo vinculado con el elemento Tierra. La Tierra como el lugar al que regresamos y nos sostiene entre un movimiento y otro. Como centro. Como pausa. Como espacio de transformación. Una invitación a observar nuestros propios ritmos especialmente en estos tiempos intermedios.
La importancia de los tiempos intermedios y los umbrales
Estamos muy acostumbradas a pensar en términos de comienzos y finales: Empezar. Terminar. Llegar. Irnos. Cerrar una etapa. Abrir otra.
Pero entre una cosa y otra casi siempre se da un tiempo y un territorio menos definido.
Un umbral.
Ya no estamos exactamente donde estábamos, pero todavía no hemos llegado al lugar siguiente.
A veces estos tiempos nos resultan incómodos porque no siempre sabemos qué hacer con ellos. Queremos atravesarlos deprisa.
Septiembre es un buen ejemplo.
Parece que al terminar agosto el verano tuviera que desaparecer inmediatamente y nosotras debiéramos estar ya preparadas para comenzar el curso con todos los sistemas funcionando a pleno rendimiento.
Pero la naturaleza no funciona así.
La naturaleza transita.
La luz cambia progresivamente. Los frutos maduran.
Las hojas no caen todas de repente el día que comienza el otoño.
Nosotras tampoco necesitamos (ni podemos) pasar de un estado a otro de manera inmediata.
Los tiempos intermedios permiten asimilar una experiencia antes de entrar en la siguiente.
Recoger, reconocer, cosechar y poner en valor antes de cerrar y pasar lo siguiente.
Tiempo de cosecha
Podemos llevar lo que ocurre en este momento en la naturaleza y en la cultura agrícola también a nuestra naturaleza interna:
¿Qué ha dado fruto en mi?
¿Qué he cuidado durante estos meses?
¿Qué ha crecido?
¿Qué proyecto empieza a tomar forma?
¿Qué relación se ha fortalecido?
¿Qué he aprendido?
¿Qué pequeño cambio que parecía insignificante empieza ahora a mostrar sus efectos?
Cosechar implica reconocer el fruto de lo que hemos ido cultivando.
Y estar atentas a no orientarnos hacia lo que falta, hacia lo pendiente, hacia aquello que todavía deberíamos mejorar, sino asegurarnos de hacer espacio para reconocer lo que sí ha sucedido.
Porque muchas veces recogemos un fruto y antes incluso de probarlo ya estamos pensando en la siguiente cosecha. En el siguiente debería.
El verano tardío nos invitar a hacerlo diferente: recoger y saborear.
Reconocer. Agradecer. Celebrar.
Dejarse Nutrir.
Porque la Tierra se relaciona también simbólicamente con la nutrición.
Desde esta mirada en la que nutrirse es mucho más que comer.
Nos alimentan los vínculos, las conversaciones, el contacto, el descanso, el movimiento.
La belleza, la sen-sexualidad, la creatividad.
La naturaleza, el silencio.
Sentirnos reconocidas. Sentir que pertenecemos.
Tener espacios donde poder habitar y compartir la vulnerabilidad.
Hacer cosas que no tienen ninguna utilidad productiva más allá del placer de hacerlas.
Y también podemos pasar mucho tiempo consumiendo cosas que no nos nutren.
Información, pantallas, obligaciones, ruido, comparación, conversaciones que nos vacían.
Relaciones en las que siempre sostenemos nosotras.
Una agenda completamente llena puede alimentar nuestra sensación de eficacia y, al mismo tiempo, dejarnos profundamente desnutridas en otros lugares.
¿De qué me estoy alimentando?
¿Qué me nutre de verdad?
Y después de diferenciar lo que bien alimenta y nutre de lo que entretiene, desconecta e infoxica, viene el digerir. Digerimos experiencias además de digerir alimentos.
Metabolizamos encuentros, conversaciones, cambios, viajes, decisiones, placer, decepciones, conflictos, pérdidas, descubrimientos…
Incluso las experiencias agradables necesitan tiempo para ser asimiladas.
No todo lo vivido se integra mientras está sucediendo, a veces necesitamos que algo termine para poder comprender qué ha significado para nosotras. Necesitamos distancia, silencio, tiempo.
El problema es que demasiadas veces, nuestra forma de vida deja muy poco espacio para esa digestión.
Una experiencia termina y comienza inmediatamente la siguiente. Mantenemos una conversación mientras respondemos a la vez un mensaje en el teléfono. Un viaje y al día siguiente trabajo. Una actividad detrás de otra. Una formación detrás de otra. Una pantalla después de otra pantalla. Un scroll infinito.
Y podemos acabar acumulando experiencias sin haber tenido tiempo suficiente para integrarlas.
Por eso el verano tardío es un tiempo propicio para dejar reposar.
Como dejamos reposar una comida. Como dejamos reposar la tierra.
Como dejamos reposar una conversación importante antes de decidir qué hacemos con ella. No todo necesita una respuesta inmediata.
Se trata de volver al centro antes de comenzar el siguiente movimiento.
Septiembre puede arrastrarnos con mucha facilidad hacia fuera: horarios, vuelta al cole, al trabajo reactivar actividades, agendas, proyectos, reuniones, objetivos.
El último trimestre del año empieza a aparecer en el horizonte y casi sin darnos cuenta podemos volver a esa sensación de correr detrás de nuestra propia vida.
Por eso volver al centro puede ser una manera de no perdernos en esa carrera. Preguntarnos cómo estamos, qué necesitamos.
¿Qué ritmo puedo sostener?
¿Qué me está sentando bien?
¿Dónde estoy poniendo la energía?
¿Qué necesita más atención?
¿Estoy viviendo al ritmo que necesito o al ritmo que me arrastra?
El otoño traerá otras preguntas. Sobre qué quiero soltar, dejar ir, pero todavía no estamos en ese movimiento del otoño.
Entre recoger y soltar
Con la llegada del otoño, las hojas cambiarán de color y finalmente caerán.
Llegará el tiempo de seleccionar, poner límites, vaciar, desprendernos de aquello que ya ha cumplido su función.
Por eso antes de preguntarnos qué necesitamos soltar, necesitamos reconocer qué queremos recoger.
Antes de vaciar, nutrir.
Antes de despedir, agradecer.
Antes de dejar caer, distinguir qué frutos queremos guardar.
Antes de entrar más profundamente hacia dentro, volver al centro.
Hay una diferencia importante entre soltar desde el agotamiento y soltar después de haber podido reconocer lo vivido.
Entre vaciarse y haber sido vaciada.
Entre retirarse porque ya no podemos más y elegir conscientemente qué queremos dejar atrás.
El verano tardío puede ofrecernos ese pequeño espacio.
Un umbral en el que detenernos.
Muchas queremos recuperar esa capacidad de detenernos y habitar los umbrales.
Porque venimos de querer saber inmediatamente qué viene después. Querer resolver, decidir, cerrar, saber lo que hay que hacer, pasar a lo siguiente.
Y sabemos que no siempre funciona.
Hay momentos vitales que necesitan permanecer durante un tiempo en ese lugar intermedio.
Después de una separación. Al terminar un trabajo. Cuando un embarazo no llega. Cuando los hijos crecen. Durante una mudanza. En el puerperio. En el climaterio. Después de una pérdida.
Cuando una identidad que nos había acompañado durante años empieza a quedarse pequeña y todavía no sabemos exactamente quién estamos siendo (si estás en uno de estos momentos, quizá te apetezca probar un Ritual de la Cerrada)
Hay momentos en los que algo ya ha terminado, pero lo siguiente todavía no tiene forma.
Y no necesariamente hay que apresurarlo.
La naturaleza está llena de estos espacios.
La noche no aparece de golpe después del día: llega con el atardecer.
Entre la vigilia y el sueño está el adormecimiento y la ensoñación.
Entre una orilla y otra está el río.
Entre el verano y el otoño, este pequeño territorio de frutos maduros, luz menguante y tierra caliente.
Quizá aprender a permanecer un poco más en los umbrales nos ayude también a tolerar mejor la incertidumbre de nuestros propios procesos.
Sin exigirnos tener siempre claro cuál es el siguiente paso.
Y entonces llegará el otoño
Dentro de poco cruzaremos el equinoccio.
Por un instante, día y noche encontrarán un nuevo equilibrio.
Después la oscuridad irá ganando terreno y será tiempo de mirar qué sobra.
Tiempo de poner límites, de desprendernos, de hacer espacio.
Podemos llegar hasta allí poco a poco, con las manos llenas de lo recogido.
Habiendo reconocido lo que nos nutre y dejado reposar algo de lo vivido.
Un poco más cerca de nuestro centro.
Transitando suavemente el verano tardío, esta quinta estación, camino al otoño.




