El 10 de septiembre es el Día Mundial para la Prevención del Suicidio.
Y quizá sea una buena ocasión para volver a hablar de ello. No solo de suicidio, también de todo lo que ocurre antes.
En España, en 2024 murieron por suicidio 3.953 personas. 2.902 eran hombres y 1.051 mujeres. Es decir, casi tres de cada cuatro personas que mueren por suicidio son hombres.
Sin embargo, cuando miramos la ideación y las tentativas, la fotografía cambia: las mujeres presentan con mayor frecuencia pensamientos, planes e intentos de suicidio, mientras que los hombres mueren mucho más por esta causa.
Esta diferencia nos hace hacernos preguntas:
¿Qué pasa con el malestar de los hombres?
¿Dónde va la tristeza cuando hemos aprendido que mostrar vulnerabilidad es una debilidad?
¿Qué hacemos con el miedo, la sensación de fracaso, la soledad, la pérdida de estatus, los problemas económicos o laborales, las rupturas, la dificultad para pedir ayuda o la sensación de no estar cumpliendo con lo que se espera de nosotros?
Hace ya unos años participé en un artículo de Pikara Magazine sobre la estrecha relación entre suicidio y masculinidad. Algunas cosas han cambiado desde entonces. Otras siguen necesitando que las miremos de frente.
Te dejo también otros artículos que te pueden ayudar a entender más:
Por qué los hombres se suicidan más que las mujeres y qué tiene que ver con el machismo
¿Qué está pasando con chicos y chicas adolescentes?
Ahora también es cada vez más necesario mirar hacia la adolescencia.
Porque ahí encontramos de nuevo una fotografía atravesada por el género.
Las chicas expresan más malestar psicológico, ideación y tentativas.
Los chicos presentan mayor mortalidad por suicidio.
En ellos el malestar puede aparecer de formas menos fácilmente reconocibles como sufrimiento: aislamiento, irritabilidad o rabia, conductas de riesgo, consumo de alcohol u otras sustancias, dificultades escolares, conflictos, refugio excesivo en videojuegos o entornos digitales, sensación de fracaso o de no estar a la altura, presión por el rendimiento, el éxito, la fortaleza o la aceptación entre iguales.
También ellos están cada vez más expuestos a una presión estética sobre el cuerpo: el mandato de estar musculados, fuertes, altos, definidos y resultar sexualmente atractivos, alimentado por redes sociales, referentes hipermusculados y modelos de masculinidad difíciles de alcanzar. Una exigencia corporal que puede traducirse en comparación, vergüenza, insatisfacción corporal, ejercicio compulsivo o una relación problemática con la alimentación y la propia imagen.
En general, pueden tener mayores dificultades para identificar lo que sienten. Aprendizajes de género pueden hacer que tengan menos lenguaje emocional y menos espacios relacionales para expresar vulnerabilidad, contar lo que les está pasando o pedir ayuda, mientras que la rabia, el desafío, el riesgo o el retraimiento pueden resultar más compatibles con lo que socialmente se les permite mostrar.
Especialmente porque mostrar vulnerabilidad entra en conflicto con mandatos de masculinidad como ser fuerte, independiente, valiente, saber de todo, tener siempre una solución y poder con todo.
El otro día un hombre me dijo que no sentir emociones le daba «como estatus». Y le daba miedo perder ese estatus, ese reconocimiento que sentía que tenía, si empezaba a mostrar lo que de verdad le pasaba por dentro.
Para unas y otros, adolescentes y jóvenes, además, pesan los problemas familiares y de comunicación, la incomprensión, desconexión y distancia emocional con los padres, las dificultades con las amistades y las primeras relaciones afectivas, el rechazo, la soledad, la presión académica, la relación con sus cuerpos, el bullying y el ciberbullying, la incertidumbre ante el futuro o la sensación de no encontrar un lugar al que pertenecer.
Por eso es importante no buscar el sufrimiento siempre con la misma apariencia. Una adolescente que dice que no puede más y un adolescente que se encierra, se enfada, se desconecta o empieza a asumir riesgos pueden estar expresando de maneras diferentes un malestar que necesita ser visto, escuchado y acompañado.
4 de cada 10 adolescentes dicen haber tenido o creer haber tenido un problema de salud mental durante el último año. Más de un tercio no se lo contó a nadie y más de la mitad no pidió ayuda (Barómetro de UNICEF Infancia y Adolescencia 2023-2024, presentado en marzo de 2025).
La prevención empieza mucho antes
Por eso prevenir el suicidio no puede empezar solamente cuando aparece una ideación suicida.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando aprendemos a reconocer que estamos mal.
Cuando podemos decir no puedo con esto sin sentir que hemos fracasado.
Cuando tenemos vínculos donde hablar de miedo, vergüenza, soledad, rabia, tristeza o incertidumbre.
Cuando aprendemos a pedir ayuda y también a recibirla.
Cuando dejamos de medir nuestro valor únicamente por nuestra capacidad de producir, sostener, aguantar o tener éxito.
Cuando construimos pertenencia.
Espacios donde poder llegar antes
Y precisamente por eso existen también espacios como nuestro grupo de hombres.
No como un grupo para hombres que «están mal», ni mucho menos, sino como un lugar donde encontrarnos, hablar y desarrollar recursos que funcionan como auténticos factores de protección: conciencia emocional, vínculos significativos, capacidad para pedir ayuda, apoyo entre iguales, revisión de los mandatos de masculinidad, cuidado, pertenencia y permiso para mostrarnos vulnerables.
También los distintos grupos para mujeres o mixtos.
Desde los espacio terapéuticos no podemos sustituir las dificultades materiales o estructurales que muchas veces son la primera causa de este no poder más o no saber cómo continuar… pero quizá una parte importante que sí aporte a la prevención pueda consistir en crear lugares a los que podamos llegar mucho antes de sentir que algo sucede y necesitamos ayuda, por supuesto antes de sentir que ya no hay salida.
Y hoy queremos tener especialmente presentes a quienes alguna vez habéis pensado en dejar de sufrir mediante el suicidio, a quienes habéis sobrevivido a una tentativa, a quienes convivís o habéis convivido con la ideación suicida y a las familias, amistades y personas queridas de quienes murieron por suicidio.
Sabemos que alrededor de estas experiencias pueden convivir muchas emociones, preguntas y silencios.
Lo que sucede después de un intento o de una pérdida por suicidio también requiere apoyo y atención, para las personas protagonistas, sus familiares, sus allegadas y para toda la comunidad.
Ojalá podamos construir una sociedad donde haya cada vez más espacio para hablar de ello con cuidado, sin culpa, sin juicio y sin estigma.
Hablar del suicidio importa.
Construir vidas, vínculos y comunidades en las que podamos pedir ayuda antes de llegar hasta allí importa todavía más.
Desde Concora, tenemos toda nuestra intención puesta en Nutrir la Vitalidad y el impulso de vida.
Si necesitas ayuda
Si tú o alguien cercano está atravesando una situación de riesgo o ideación suicida, en España puedes contactar con el 024, gratuito, confidencial y disponible las 24 horas.
Ante una emergencia inmediata, 112.




